Escribo esto un domingo, como siempre. Y esta vez lo tengo que ordenar alrededor de una pregunta que apareció bastante lejos de una computadora: ¿qué queda de una empresa después de cincuenta años?
Lo que no está en el balance
Hace unos días fui a la celebración de los cincuenta años de BACI.
No voy a romantizarlo: había ido también pensando en conversar, conocer gente y ver qué oportunidades podían aparecer. Cuando uno está construyendo una empresa, cuesta apagar esa parte de la cabeza.
Pero a medida que pasaba la noche empecé a mirar otra cosa. No las máquinas, ni las marcas, ni el tamaño que alcanzó la empresa. Las personas que estaban alrededor. Clientes, proveedores, trabajadores, amigos, familias. Gente que claramente no estaba ahí solamente porque alguna vez había comprado o vendido algo.
Ahí entendí que BACI había construido algo bastante más difícil de copiar que un parque de equipos: confianza. Y que, cincuenta años después, esa confianza había generado un ecosistema de empresas y familias que crecieron a su alrededor.
Por eso quiero agradecer especialmente a Cristian y Juan Francisco Ciancio por habernos permitido compartir ese momento, y felicitarlos no solamente por los cincuenta años de una empresa, sino por la cultura que lograron construir alrededor de ella. Me fui con una sensación bastante clara: una empresa no vale solamente por sus máquinas, sus instalaciones o lo que vende. Hay un valor mucho menos visible, que es la cantidad de personas que confían en ella.
En algún momento de la noche, Alfonso me preguntó cómo sería cuando GEXPLO cumpliera cincuenta años.
La pregunta me quedó dando vueltas.
Generación cero
Nunca había pensado realmente a GEXPLO en esa escala. Uno piensa en el próximo proyecto, en el próximo cliente, en cerrar los costos del mes, en comprar un equipo, en resolver un problema técnico. Cincuenta años parece otra dimensión.
Pero BACI tampoco empezó teniendo cincuenta años. En algún momento hubo una primera decisión, un primer cliente, una primera persona que decidió confiar. Y alguien tuvo que empezar a construir esa cultura.
Nosotros estamos en ese momento. No heredamos una forma de hacer las cosas: la estamos armando. A veces pienso que somos una especie de generación cero.
Estamos definiendo ahora cómo se responde a un cliente, qué se puede delegar en un sistema, qué necesita criterio profesional, cuándo decir que no sabemos algo y qué cosas no estamos dispuestos a negociar aunque haya dinero de por medio. Hoy parecen decisiones chicas. Pero si alguna vez GEXPLO llega a los cincuenta, muchas de ellas van a ser lo que otras personas, que todavía ni conocemos, van a llamar simplemente la cultura de la empresa.
Y no todas nuestras costumbres actuales merecen durar. También hay que aprender a distinguir cuáles estamos construyendo por convicción y cuáles porque todavía no encontramos algo mejor.
Un laboratorio no está para darnos la razón
Estas semanas seguimos trabajando mucho en el laboratorio. Y el laboratorio tiene una característica que me gusta cada vez más: no le importa lo que uno esperaba que ocurriera.
Una muestra puede parecer excelente. Un proveedor puede estar convencido de que su material funciona. Nosotros mismos podemos tener una hipótesis. Después viene el ensayo y aparece un número.
Entonces hay que revisar el equipo, el procedimiento, la calibración, los cálculos, repetir cuando corresponde. Está bien hacerlo. Pero en algún momento también hay que aceptar una posibilidad incómoda: que la muestra simplemente no sea lo que pensábamos.
Parece obvio. En la práctica no lo es, porque alrededor de cada muestra aparecen intereses económicos, expectativas y decisiones. Por eso quiero un laboratorio donde repetir un ensayo tenga una razón técnica y no sea una manera de buscar un número más conveniente. Donde reconocer que falta información sea una respuesta profesional, no una vergüenza.
Una muestra no es un yacimiento
El otro aprendizaje de estas semanas vino de Uruguay, donde tuvimos la oportunidad de encontrar y empezar a desarrollar un campo.
Hay algo que veo repetirse bastante cada vez que aparece un recurso interesante. Se toma una muestra, se analiza, los resultados dan bien, y enseguida aparece la pregunta: ¿a quién se lo vendemos?
Entiendo la reacción. Pero entre una muestra prometedora y un proyecto capaz de abastecer un mercado hay un recorrido enorme, y ese recorrido se mide en años.
Una muestra describe un punto. Un yacimiento es un volumen. Para pasar de uno a otro hay que entender la geometría del cuerpo, su continuidad lateral y vertical, los espesores y la relación entre material útil y descarte. Hay que caracterizar la variabilidad: no alcanza con la calidad promedio, importa la dispersión, porque el cliente no compra un promedio, compra cada camión. Hay que diseñar una malla de muestreo y perforación con densidad suficiente para que los resultados sean representativos, construir un modelo geológico, estimar recursos con su nivel de confianza y después ver cuánto de eso resiste el filtro de la mina, el procesamiento, el transporte y el mercado para convertirse en reserva.
Y recién ahí se puede responder la pregunta que de verdad le importa a un comprador: no si el material es bueno, sino cuánto hay, con qué calidad y durante cuántos años se puede sostener una producción determinada.
Eso requiere campañas, perforaciones, ensayos, modelos, estimaciones y revisar hipótesis cada vez que entra un dato nuevo. Desarrollar un recurso no es encontrar una buena muestra. Es transformar incertidumbre geológica en información suficiente para tomar decisiones económicas.
El mercado ve el producto terminado. Nosotros tenemos que entender todo lo que existe antes de que ese producto pueda venderse de manera responsable. Probablemente sea la parte menos visible de nuestro trabajo, y la que más cuesta explicar.
El lugar del árbitro
Todo esto empieza a conectarse. Un laboratorio, un recurso, un proveedor, un comprador, una empresa que tiene que decidir. Cada uno con intereses distintos. Y en el medio, algo que vale muchísimo: información confiable.
Cada vez me gusta más pensar que ahí está una parte importante del lugar que GEXPLO puede construir. No siendo dueños de todos los recursos ni teniendo todas las máquinas, sino ayudando a responder preguntas concretas: qué tengo realmente, cuánto tengo, qué calidad tiene, durante cuánto tiempo puedo producirlo, y si lo que estoy comprando coincide con lo que me dijeron que estaba comprando.
Ser árbitro técnico no significa tener automáticamente la verdad. Es todo lo contrario: implica construir procedimientos suficientemente sólidos como para poder decir esto medimos, esto sabemos, esto todavía no lo podemos afirmar y esto hay que volver a estudiar. Y significa que el criterio no puede cambiar según quién necesite que el resultado dé bien.
Eso no se resuelve escribiendo una frase en la web. Se tiene que notar en el trabajo, sobre todo cuando decir lo que corresponde vuelve una conversación menos cómoda.
No tengo un plan para cincuenta años
Volviendo a la pregunta de Alfonso: no tengo una respuesta.
No sé qué tamaño podría tener GEXPLO, qué servicios van a seguir existiendo ni qué herramientas vamos a usar. Probablemente muchas de las tecnologías que hoy nos parecen novedosas sean irrelevantes para entonces. Y mañana vamos a seguir teniendo trabajo para entregar, cuentas que cerrar y decisiones bastante menos filosóficas que estas.
Lo que cambió fue la perspectiva. Hasta ahora, cuando pensaba en hacer que ciertas cosas funcionaran sin mí, lo miraba desde el tiempo: delegar, no estar en todo. Después de esa noche empecé a verlo también desde la continuidad. Que alguien pueda revisar un resultado, acompañar a un cliente o reconocer un error sin que yo intervenga no es solamente una mejora de organización. Es parte de construir una empresa que no termine donde termina mi capacidad de trabajar.
Hay cosas que deberían sobrevivir a cualquier tecnología: el criterio, la curiosidad, la independencia técnica, la capacidad de reconocer un error. Y la confianza.
Fui a una celebración pensando en oportunidades para los próximos meses. Volví pensando en una empresa dentro de cincuenta años.
No tengo idea de cómo será esa fiesta. Pero después de ver lo que construyeron Cristian, Juan Francisco y toda la familia de BACI, me quedó algo que hasta ahora no había pensado demasiado: el patrimonio más difícil de construir no aparece en un balance. Aparece en la cantidad de personas que quieren estar presentes cuando cumplís cincuenta años.
Pedro Cardoso, CEO & Founder de GEXPLO
