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Semana 12lunes, 10 de agosto de 2026

La semana en que la inteligencia artificial empezó a trabajar dentro de GEXPLO

Agentes con nombre propio, arena que se convierte en datos, dos embajadas y una sobrina que le puso nombre al futuro

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Idea clave

Quizás la transformación no ocurra cuando una empresa empieza a usar inteligencia artificial, sino cuando empieza a reorganizarse alrededor de cosas que antes solamente podían hacer las personas.

La semana en que la inteligencia artificial empezó a trabajar dentro de GEXPLO

Esta semana pasó algo que veníamos buscando hace tiempo:

la inteligencia artificial dejó de ser una herramienta que consultamos desde afuera y empezó a meterse dentro de la estructura de GEXPLO. Hermes ya está funcionando. Baltazar y Ofelia están en construcción. Y en el proceso entendimos que el verdadero desafío nunca fue crear tres agentes: fue definir cómo trabajan. Qué sabe cada uno, qué puede hacer sin preguntar, cuándo tiene que pedir autorización y, sobre todo, dónde termina la autonomía de una máquina y empieza una decisión que tiene que seguir siendo humana.

Durante meses pensamos este proyecto desde las capacidades:

Que busque oportunidades, que lea documentación, que haga seguimiento, que recuerde lo que nosotros olvidamos. Esta semana empezamos a pensarlo desde los límites. Porque darle acceso a una IA a la empresa significa darle acceso a años de clientes, presupuestos, proyectos y decisiones, y ahí apareció la discusión más importante que tuvimos hasta ahora: queremos agentes muy capaces, pero no agentes sin control. Por eso diseñamos permisos, registros y niveles de aprobación. No por desconfianza hacia la tecnología, sino por lo contrario: un sistema que solo hace cosas irrelevantes no necesita reglas. Las reglas aparecen cuando el sistema empieza a poder hacer cosas que importan.

Detrás de todo esto hay una apuesta más grande que tres chatbots con nombre. Toda consultora chica conoce la misma trampa: más proyectos exigen más horas, más horas exigen más gente, más gente exige más estructura. Nosotros estamos intentando averiguar si existe otra forma; no reemplazar personas, sino lograr que una estructura pequeña opere con una capacidad mucho mayor. Todavía no sabemos si va a funcionar. Pero por primera vez ya no es una presentación de PowerPoint: está andando.

Curiosamente, un proyecto que no tiene nada que ver nos llevó al mismo lugar. Estamos trabajando sobre una operación donde la arena recorre unos 1.400 kilómetros desde Entre Ríos hasta Añelo, y la pregunta inicial parecía obvia: ¿cómo sabemos dónde están los camiones? Hasta que nos dimos cuenta de que era la pregunta equivocada. No nos interesa controlar al camionero; nos interesa controlar la carga. Y eso cambia el sistema completo: en lugar de vigilar a una persona cada treinta segundos durante dos días, necesitamos unos pocos eventos confiables —carga, documentación, salida, recepción— que permitan reconstruir lo que pasó sin generar millones de datos inútiles.

Ahí volvió a aparecer una idea que se repite cada vez más dentro de GEXPLO:

El activo no es solamente la arena, es la información que construimos alrededor de ella. Una tonelada de arena vale lo que vale. Una tonelada cuya procedencia conocemos, cuya calidad analizamos y cuyo viaje podemos auditar vale otra cosa. Y miles de esos viajes acumulados —tiempos reales, desvíos, cumplimientos, calidades— dejan de ser control y empiezan a ser inteligencia para tomar decisiones. No sé si eso terminará siendo un producto, y prefiero no cometer el error de construir la plataforma antes de comprobar que existe el problema. Pero hay algo ahí que vale la pena seguir mirando.

La semana también nos llevó lejos del campo y del código. Avanzamos en conversaciones con representaciones diplomáticas de dos países muy distintos: Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos. No voy a dar nombres ni fechas, porque las negociaciones están vivas y merecen discreción, pero sí puedo contar lo que aprendimos preparándolas. Las dos puertas funcionan con lógicas opuestas: una embajada extranjera en Argentina busca qué llevarse a su país; una embajada argentina en el exterior busca qué empujar hacia afuera. Escribir para una o para otra es escribir dos documentos completamente diferentes, aunque la empresa sea la misma. Y hubo un descubrimiento más incómodo: cuando definimos qué poner sobre la mesa, lo que teníamos no era un pitch. Era el corredor de arenas hacia Vaca Muerta, el laboratorio bajo norma internacional, los expedientes bien hechos. La credibilidad para sentarse en esas mesas no se fabrica en inglés: se fabrica acá, en el territorio donde trabajamos todos los días.

Si miro la semana completa —los agentes, la arena, las embajadas, incluso las horas que pasamos investigando geología histórica con la IA como compañera de trabajo—, todos los caminos convergen en el mismo punto: estamos transformando conocimiento disperso en sistemas. Esa es, quizás, la verdadera transición de GEXPLO. No se trata de dejar de ser una consultora geológica y ambiental para volvernos una empresa de software; la geología sigue necesitando campo, criterio y botas embarradas. Se trata de construir, alrededor de ese oficio, una capa nueva de datos, trazabilidad, memoria y automatización. Probablemente ahí esté una parte importante del valor que podamos generar en los próximos años.

Y esta semana pasó algo completamente fuera de GEXPLO:

Me enteré de que voy a ser el padrino de Luján, mi sobrina. Todavía me genera una mezcla difícil de explicar entre orgullo, alegría y responsabilidad. Quizás porque pasé estos días construyendo agentes y pensando cómo será una empresa dentro de unos años, terminé inevitablemente pensando en ella y en el mundo que le va a tocar. Nosotros, con treinta y pico, todavía estamos aprendiendo a convivir con una tecnología que va a transformar cosas que dimos por sentadas toda la vida. Luján no va a conocer el mundo anterior: va a crecer hablando con inteligencias artificiales como algo normal, aprendiendo de formas que hoy apenas imaginamos. Y sospecho que ser padrino va a tener que ver también con eso: no solo acompañarla en las cosas que yo conozco, sino aprender lo suficientemente rápido como para poder acompañarla en un mundo que ninguno de los dos conoce todavía.

Estamos construyendo agentes, sistemas y empresas pensando en el futuro. Pero el futuro no es una abstracción: tiene nombres. Esta semana, para mí, uno de ellos pasó a llamarse Luján.

Un domingo más escribiendo estas líneas, planificando la semana y tratando de seguir construyendo, paso a paso, la primera consultora tecnológica.

Pedro Cardoso

CEO & Founder de GEXPLO

Publicado en
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