Escribo esto un domingo, como siempre. Y la semana que tengo que ordenar no es la que habíamos planificado el lunes.
Fuimos a poner una regla y encontramos una escala
Esta semana anduvimos con Ricardo, topógrafo e ingeniero civil que colabora con nosotros, en una arenera de San Pedro.
Llegar hasta ahí tuvo unas cuantas vueltas. Días que no se podía, coordinación, clima, gente que tenía que acompañarnos, cosas que se demoraban. Nada extraordinario para cualquiera que trabaje en campo, pero suficiente para que algo sencillo terminara llevando bastante más energía de la prevista.
Finalmente fuimos. El día estaba feo, nublado, pero aguantó sin lluvia y pudimos hacer el trabajo: relevamiento e instalación de una regla hidrométrica.
Íbamos por agua. Volvimos pensando en arena.
Porque San Pedro no es un arenero más. Es un productor grande, mucho más grande de lo que teníamos en la cabeza antes de pisarlo. Y eso no es un detalle menor para nosotros: hace dos semanas escribí acá que nadie en Entre Ríos puede mover cien mil toneladas mensuales desde una sola operación, y que la respuesta realista es articular varios orígenes. Cada vez que uno recorre el corredor del Paraná encuentra que el mapa mental que tenía estaba incompleto.
Todavía no sé qué lugar ocupa San Pedro en ese esquema. Sí sé que no lo teníamos bien dimensionado, y que esa es exactamente la razón por la que el atlas de minerales industriales que empezamos a pensar en la semana 11 tiene sentido: la información existe, dispersa, y nadie la ordenó. Nosotros incluidos.
Pero lo que más me quedó dando vueltas del viaje fue otra cosa.
Ese cliente llegó a nosotros recomendado por YPF.
No porque esta semana hayamos mandado un correo perfecto. No porque alguien haya visto una publicidad. No porque Baltasar haya encontrado la oportunidad.
Alguien había trabajado con nosotros, conocía nuestro trabajo, y cuando apareció una necesidad nuestro nombre terminó en la conversación.
Parece una pavada. No lo es.
Baltasar aprende a no mandar
Porque justamente en paralelo venimos poniendo muchísimo tiempo en construir a Baltasar.
Baltasar es nuestro agente comercial con inteligencia artificial. La idea es que pueda buscar oportunidades, revisar empresas, entender si hay algo que GEXPLO pueda resolver y ayudarnos a iniciar conversaciones.
Esta semana le dimos bastantes vueltas. Que no contacte dos veces a la misma empresa. Que reconozca cuándo ya hubo una conversación. Que tenga límites. Que no mande por mandar. Que pueda diferenciar una oportunidad de algo que simplemente parece una oportunidad.
Pensábamos que la parte difícil iba a ser lograr que una inteligencia artificial pudiera enviar un correo. Resultó bastante fácil.
La parte difícil es enseñarle cuándo no tiene que hacerlo.
Y mientras construíamos una máquina para salir a buscar clientes, apareció uno porque alguien habló bien de nuestro trabajo a nuestras espaldas.
Parece una contradicción. Creo que no lo es. Baltasar puede llevarnos a lugares donde hoy no llegamos. Pero después hay algo que no se automatiza: hacer un buen trabajo y que alguien se acuerde de vos cuando aparece un problema.
No es dibujar lo que se midió
Esta semana también cerramos otra cosa importante.
Después de casi cuatro meses estamos terminando un modelo hidrogeológico tridimensional para WSP, en una cuenca cordillerana de alta montaña. Sin nombres, porque el trabajo es del cliente.
Desde afuera, un modelo así parece una serie de superficies y colores dentro de Leapfrog.
Atrás hay meses. Bases de datos. Litologías. Niveles de agua. Unidades hidrogeológicas. Perfiles. Fallas. Superficies que funcionan. Superficies que no funcionan. Volver atrás. Cambiar una interpretación. Generar de nuevo. Encontrar un error cuando creías que ya habías terminado. Y volver a empezar.
Eso último no es una figura retórica. Teníamos el modelo cerrado y descubrimos que un paso del procesamiento estaba borrando el relleno sedimentario justo en las quebradas más angostas. En volumen total el error era mínimo, de esos que nadie miraría. Pero ese poco era exactamente el agua de las quebradas, que es lo que el modelo tenía que representar. Hubo que rehacerlo.
Y hay un dato que explica en qué consiste realmente este trabajo. La superficie que separa el sedimento de la roca (el techo del acuífero, la que define dónde hay agua y dónde no) se construyó a partir de más de once mil puntos. De esos, unos quinientos son contactos reales, medidos en sondeos y calicatas.
El resto no son datos. Son criterio: puntos apoyados en la forma del valle, en la geomorfología, en el conocimiento del terreno. Cada uno es una decisión profesional que después alguien tiene que poder defender.
Eso es un modelo hidrogeológico. No es dibujar lo que se midió. Es sostener lo que no se midió.
Y esa es la verdadera dimensión de lo que terminamos: un modelo que cubre una superficie equivalente a seis veces la Ciudad de Buenos Aires, el más grande en el que nos tocó trabajar, muy por encima de lo que estamos acostumbrados a manejar. Once mil puntos de geometría. Y abajo, sosteniéndolo todo, quinientos datos duros.
La IA estuvo al lado, no en el lugar
Lo novedoso de estos cuatro meses estuvo en otro lado.
Una parte importante del trabajo la hicimos con inteligencia artificial al lado. No significa que una IA haya hecho el modelo, y me parece importante aclararlo porque últimamente parece que poner "hecho con IA" transforma mágicamente cualquier cosa en algo mejor.
Las decisiones hidrogeológicas las sigue tomando un geólogo. La interpretación del subsuelo sigue siendo responsabilidad profesional. Los quinientos contactos los mide un sondeo; los otros once mil los decide alguien que firma.
Pero la IA estuvo prácticamente todos los días. Revisando información. Detectando inconsistencias. Discutiendo criterios. Ordenando datos. Ayudando a escribir metodologías. Comparando interpretaciones.
Y muchas veces haciendo algo todavía más simple: obligándonos a explicar un problema hasta que nosotros mismos entendíamos mejor qué estaba pasando.
Cuando empezamos no lo pensamos demasiado. Ahora que lo estamos terminando me cayó la ficha de que probablemente sea el primer modelo hidrogeológico en el que participé donde una parte tan grande del proceso se construyó de la mano de una inteligencia artificial.
Para mí eso es bastante más interesante que pedirle a una IA que escriba un informe. Porque se mete en el proceso técnico. No reemplazando al profesional. Trabajando con él.
El título llegó tarde
Y como si la semana necesitara cerrar el círculo, recibí formalmente el título del Máster en Inteligencia Artificial Generativa que cursé en EBIS, en España.
Cuando empecé quería aprender inteligencia artificial. Era bastante lógico: veía que algo estaba cambiando y quería entenderlo.
Hoy recibo el título y me causa gracia pensar que, mientras esperaba el papel que dice que estudié inteligencia artificial, ya llevaba meses usándola para construir un modelo hidrogeológico, investigar proyectos, programar agentes comerciales y cambiar un montón de procesos chicos dentro de GEXPLO.
El título llegó después. La transformación había empezado bastante antes.
Y creo que ahí estuvo la semana
Uno hace planes todo el tiempo. Yo al menos los hago. Queremos conseguir determinados clientes. Queremos terminar un modelo. Queremos construir un agente. Queremos estudiar algo para después aplicarlo.
Después la realidad hace lo que quiere.
Construimos a Baltasar para encontrar clientes y el cliente llegó recomendado por YPF.
Fuimos a instalar una regla hidrométrica y volvimos con una arenera que no teníamos dimensionada.
Empezamos un modelo para resolver un problema técnico y terminamos experimentando otra forma de hacer geología.
Empecé un máster para aprender inteligencia artificial y cuando llegó el título ya la tenía metida hasta el cuello en el trabajo cotidiano.
Quizás el error esté en pensar que uno obtiene exactamente aquello que sale a buscar. Muchas veces no. A veces obtenemos algo distinto. A veces algo mejor. Y otras veces recién entendemos qué obtuvimos bastante tiempo después.
Esta semana hubo barro, ruta, una arenera en San Pedro, Ricardo, Leapfrog, muchas horas frente a una computadora, un agente que todavía estamos tratando de educar y un título que llegó desde España.
No era exactamente la semana que habíamos planeado. Pero fue una buena semana.
Y quizás haya que aprender también a medirlas de esa manera.
Un domingo más escribiendo estas líneas, planificando la semana y tratando de seguir construyendo, paso a paso, la primera consultora tecnológica.
